
ÉXTASIS
Cada rosa gentil ayer nacida,
cada aurora que apunta entre sonrojos,
dejan mi alma en el éxtasis sumida...
¡Nunca se cansan de mirar mis ojos
el perpetuo milagro de la vida!
Años ha que contemplo las estrellas
en las diáfanas noches españolas
y las encuentro cada vez mas bellas.
Años ha que en el mar, conmigo a solas,
de las olas escucho las querellas,
y aun me pasma el prodigio de las olas!
Cada vez hallo la Naturaleza
más sobrenatural, más pura y santa,
Para mí, en rededor, todo es belleza;
y con la misma plenitud me encanta
la boca de la madre cuando reza
que la boca del niño cuando canta.
Quiero ser inmortal, con sed intensa,
porque es maravilloso el panorama
con que nos brinda la creación inmensa;
porque cada lucero me reclama,
diciéndome, al brillar: «Aquí se piensa,
también aquí se lucha, aquí se ama».
Como acaba de leerse, su amor a la vida natural va más allá de un simple respeto. Se puede hablar con propiedad de devoción, de adoración, de éxtasis...
Su amor a la naturaleza en todas sus expresiones, es muy representativo del espíritu modernista de
Amado Nervo. Aquí señala las rosas y los amaneceres, el movimiento del mar y gestos de humanidad como el rezo y la canción. Quisiera destacar la otra afición del mexicano, a la que aluden estos versos: su observación cuidadosa del cielo. Así lo refiere José Simón Díaz, cuando describe el apartamento madrileño de la calle Bailén, junto al Palacio Real, donde vivió, a lo largo de trece años, como segundo secretario de la Legación mexicana en España:
"En las piezas interiores, amuebladas al modo habitual, llama la atención un telescopio, en el centro de una sala, indicio de una de las mayores aficiones del poeta: observar los astros, que le atrajeron desde que durante su estancia en México pasó muchas noches en la azotea de la casa de Luis G. de León, del que aprendió las constelaciones y el manejo de los instrumentos, hasta asesorarle en la compra de los que en adelante formarían su observatorio particular. Gracias a ello dispuso de una «ventana de serenidad por donde me he asomado al universo», escribiría. Por tanto sus balcones le sirvieron para escudriñar, tanto las tierras como los cielos de Madrid."